Cuenta mi amigo Lázaro Hernández Iznaga que el perfume despedido por el árbol ilang-ilang en las apacibles jornadas nocturnas del campo solo es comparable con la fragancia del galán de noche. “El que ha probado este olor, no tiene más que rendirse al embrujo de la misteriosa fragancia”, asegura.
El usufructuario de la finca El Correo, enclavada muy cerca de los poblados cienfuegueros de Arriete y Ciego Montero –este último famoso por los baños termales y los pozos de agua mineral- sembró en el patio de su casa una postura de la planta de marra, traída, según él, de la ciudad patrimonial de Trinidad, una de las siete villas cubanas primogenias fundada por el adelantado Diego Velázquez. Y a ciencia cierta mi estimado Lázaro desconoce de dónde la llevaron hasta las tierras trinitarias.
