| Ateje rojo |
De
niño, se me ocurrió embadurnarme la cabeza de ateje. Pretendía someter mis
cabellos rebeldes y peinarme al estilo de Rodolfo Valentino y Carlos Gardel.
Mas, la inocente aventura tuvo sus consecuencias cuando llegué a la casa y mis padres notaron la tiesa cabellera: la
reprimenda se la puede imaginar el lector.
De
antemano conocía las propiedades adhesivas de aquel fruto. Era común entre la
chiquillada del barrio emplear esa especie de pegolín natural para fabricar las
coloridas catanas, o papalotes como los llamábamos en el pueblo. También era el
pegamento ideal para fijar las forros d las libretas escolares.

