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| Árbol del canistel cuajados de frutas |
Mi infancia está muy asociada al campo. Aunque vivía en un pequeño pueblecito de
Cuba, la chiquillada del barrio nos íbamos a las fincas cercanas a “liberar energía”, como aseguraban nuestros padres. En toda la campiña, no había sitio más preferido para jugar que las pobladas arboledas de entonces, llenas de frutales de todo tipo, desde los jugosos
mangos hasta los frágiles ciruelos.
De la diversidad de árboles tropicales había uno cuyos frutos maduros nos hacían recordar la yema de huevo cocido: el
canistel, y de ahí que coloquialmente en muchos lugares se le llame “fruto huevo”. Confieso el desagrado al paladar que me producía aquella masa, para mí sosa y falta de gracia. Sin embargo, la pulpa resultaba muy apreciada para embadurnarnos el rostro y dibujar en la mejilla y la frente figuras al estilo de los indios apaches.